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 Foto: Maribel Sanchez Concha La pintura se encuentra dentro del Museo de nuestra ciudad y en concreto, está situada en la segunda sala, en el espacio dedicado a la Baeza del siglo XVII. La pintura se encuentra colocada a baja altura, algo que permite contemplarla con facilidad. El cuadro está situado en el centro de la sala. El Museo se encuentra situado, como todos ustedes saben en la calle Casas Nuevas, en el edificio que fue la primera fundación universitaria de la ciudad, en el colegio de la Santísima Trinidad fundado por Rodrigo López en el año 1542. Se trata de una pintura al óleo sobre lienzo. Está realizada sobre una tela cuya fibra es de lino y está tejida en una trama de tafetán. Presenta un estado de conservación regular, puesto que la pintura está bien conservada (ha sido forrada recientemente), pero presenta pérdidas muy pequeñas de la capa pictórica, y tiene muy oxidados los barnices por lo que la obra debe ser convenientemente limpiada por el gabinete de conservación del museo. La pieza es un depósito temporal de un propietario particular de nuestra ciudad. El cuadro es de dimensión mediana-grande, midiendo aproximadamente 165 cm de alto y 134 cm de alto. De autor anónimo, aunque podemos afirmar que la pintura en cuestión sigue los preceptos y la estética de la escuela de Roelas y que fue ejecutada por un artista de calidad. La pintura que nos ocupa fue realizada hacia la segunda mitad del siglo XVII. La pintura tiene un marco de calidad media -pero muy efectista en cuanto al resultado del conjunto- de madera plateada al agua, en los filos y en las esquinas y de calle color verde, de buena calidad. Parece que es un marco que aunque no sea el original sí se realizó exprofeso para el cuadro que estamos analizando. La pintura ha entrado en el Museo a través de un depósito temporal por parte de su propietario, que es un particular. El santo aparece de cuerpo entero arrodillado, flotando en el centro de la composición en medio de un hermoso cielo, que tiene una mancha luminosa que coincide con la figura del santo, mientras que observan como Francisco asciende hacia el cielo dos ángeles -de edad adolescente- y dos pequeños, que a modo de serafines, pero con brazos, que sostienen un tondo o espejo característico de la orden de san francisco, que es un lema de “Charitas” (Caridad). El santo aparece de edad madura con la mirada puesta en el cielo y con sus brazos extendidos hacia el cielo, como señal de aceptación de todo lo que le está ocurriendo. Viste el hábito franciscano, el pelo y barba blancos, por su avanzada edad, pero bien cuidados. Y está en medio de una serie de nubes de gran contraste lumínico de forma que se crea una gran sensación de movimiento, dentro del rompimiento de gloria característico, de que está produciéndonos una situación de carácter sobrenatural. La composición resulta muy curiosa, puesto que es una composición triangular donde la base del triangulo –símbolo de lo espiritual- está situada en la zona alta de la pintura (al revés de lo habitual), indicándonos que la mayor deidad está en la zona que no vemos, es decir más arriba en el cielo, y el vértice del citado triangulo, coincide con el rostro del protagonista que aparece con un gesto dulce y tranquilo atrayendo para sí toda la atención del espectador. El dibujo resulta acertado, puesto que los contornos aparecen nítidos como consecuencia del cambio del tono de color y no por la aparición de líneas dibujadas, algo que denota la buena autoría de la pintura. El cromatismo resulta rico y variado, a pesar de los condicionamientos de la composición. Resultando bien entonado en tonos dorados, amarillos, tierras, rosados y grises, y con una aceptable variedad en las carnaciones. Aunque es una pena que la pintura se encuentra sucia y con los colores oscurecidos y variados por la antigüedad de la pintura, que será convenientemente restaurada por el gabinete de restauración del museo. Es pues, una pintura de buena calidad, que conservamos dentro de nuestra Ciudad Patrimonio de la Humanidad, y debemos conservar convenientemente para preservar el patrimonio que ha llegado hasta nosotros como legado, para el disfrute de próximas generaciones venideras en nuestra Ciudad. Francisco J. Sánchez Concha
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