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 Foto: Pedro Narváez La pintura se ubica dentro de la colección de la Catedral de nuestra ciudad, se encuentra situada expuesta dentro de la Sacristía Mayor, que se encuentra frente a la puerta de acceso principal y forma parte de la zona expositiva del museo catedralicio. La pintura en concreto objeto de este estudio, se encuentra colgada a una buena altura, en el testero derecho según se entra en la sala, situado el cuadro cerca de la puerta de acceso al claustro que existe en la mencionada sacristía. Se trata de una pintura al óleo sobre lienzo, estando realizada la tela que conforma el soporte con fibra vegetal de lino siendo tejida en una trama de arpillera de densidad normal, teniendo el tejido que conforma el soporte una costura vertical, algo habitual en las grandes pinturas antiguas puesto que al artista le resultaba muy difícil conseguir tejidos de grandes dimensiones, por lo que se veía obligado a unir con costuras piezas de tela pequeñas para conseguir la dimensión deseada. El cuadro es de dimensión mediana-grande, midiendo aproximadamente 204 cm de alto y 140 cm de ancho. Desconocemos al pintor que la realizó, aunque si podemos apreciar que era un buen pintor que conocía los recursos técnicos del oficio, aparte podemos decir que el artista que realizó la pintura pertenecía a la Escuela de Ribera. La pintura en cuestión se realizó hacia la primera mitad del siglo XVII. La pintura como podemos apreciar se encuentra en un mal estado de conservación. Presenta varios repintes y aparece la superficie de la película pictórica craquelada en cazoletas, algunas ya desprendidas, y otras que comienzan a desprenderse. Tiene roturas y la costura abierta por la parte superior. Presenta los barnices oxidados. Precisa urgente intervención. La pintura conserva el marco original aparentemente. Se trata de una pieza sencilla pero elegante de madera sin tallar dorada con hoja de oro. Este cuadro de grandes dimensiones, nos muestra en un primer plano y en un fuerte contraste lumínico a san Bartolomé, que se encuentra sufriendo su martirio, que no ha hecho más que comenzar. La figura está arrodillada y a pesar de tener el brazo izquierdo despellejado no da síntomas visibles de dolor, y se muestra ausente mirando al cielo, como símbolo de la gloria venidera. Existe una gran diferencia respecto a la otra obra del martirio de san Bartolomé con que cuenta la colección de la santa Iglesia Catedral, cuadro n.º 38, y ésta no es otra que la ausencia de los martirizadores, ya que solo aparece la figura del santo, el cual acepta voluntariamente el sufrimiento y la tortura (al estar atado de la mano izquierda y sin embargo no hace nada para huir del martirio). La espacialidad viene dada por el paisaje de amplio horizonte que aparece al fondo. La sensación volumétrica y dramática se intensifica por la luz tan contrastada, con las sombras marcadas y duras, aunque con la ausencia de tonos medios los volúmenes se aplanan. Recuerda este autor (de segunda fila) la escuela estilística de Ribera. En cuanto a las zonas más relevantes del cuadro (como ocurre en este tipo de obras de calidad media) el mejor trabajo se centra en el rostro, manos y pies, que es junto al paño de pureza, lo mejor dibujado. La figura aparece totalmente iluminada entre las sombras, si bien el origen de esta luz es desde el ángulo superior izquierdo del cuadro. Presenta un buen estudio de anatomía, si bien corresponde a un tipo musculoso para la edad anciana con la que se representa al santo, cuyos cabellos aparecen totalmente blancos. Este rasgo es característico del taller de Ribera. Tanto su rostro como su tipo físico nos recuerda al san Jerónimo Penitente realizado por Ribera, y que actualmente se encuentra en el Museo del Prado. Sin embargo la obra carece del enérgico dibujo de éste y de la intensa expresividad de sus figuras, con lo que obtenía un resultado de profunda verdad humana. La figura ocupa la zona izquierda del cuadro, formando la figura, cabeza y rodilla una diagonal descendente. Presenta una posición totalmente inestable, apoyado en una sola rodilla y flexionando la otra. Cromáticamente, la obra presenta los colores muy alterados por el paso del tiempo, pero las carnaciones no son muy agraciadas; también es verdad que el cuadro parece haber sufrido repintes en las mismas. Para finalizar este comentario reiterar que es una pintura, que merece ser conservada y restaurada convenientemente. Llamando la atención con este artículo, de las autoridades competentes para que actúen y preserven el conjunto pictórico, como parte del legado para la admiración de las generaciones venideras, del todavía rico patrimonio mueble que conservamos en nuestra ciudad Patrimonio de la Humanidad. Francisco J. Sánchez Concha
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