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(Foto Narváez)
La pintura que estudiamos hoy, se encuentra dentro de la Catedral de nuestra ciudad y en concreto, se sitúa dentro de la Nave Principal, situada dentro de la Capilla de san José, que es la segunda que encontramos a mano izquierda según se accede a la catedral por la puerta principal. El cuadro forma parte principal del retablo-cuadro dorado que adorna la mencionada Capilla. Se trata de una pintura al óleo sobre lienzo, resultando imposible analizar la fibra con la que está hecho el tejido, por no poder obtener una muestra. La tela es un tejido en tafetán. El cuadro es de dimensión grande, midiendo, aproximadamente 183 cm de alto y 132 cm de ancho. No conocemos al pintor que lo realizó a lo largo del siglo XVIII, aunque podemos afirmar que se trataba de un artista de calidad media, que conoce bien todos los preceptos del Barroco realizando una composición con un marcado carácter teatral, a pesar de lo sencilla que es puesto que solo representa a dos figuras, que ocupan el centro de la composición a modo de eje de simetría. El cuadro como podemos apreciar, se encuentra en un estado de conservación relativamente bueno, aunque presenta algunas pérdidas de la capa pictórica dejando a la vista la imprimación teñida de color rojo por el artista que la realizó. La pintura aparece enmarcada por un retablo de madera finamente tallada y dorada con hojas de oro, que precisaría una restauración por pequeñas pérdidas de las tallas, puesto que es de buena calidad. En esta obra aparece representado a san José de pie con la figura completa de edad madura –algo habitual, para contribuir a la idea de castidad llevada por María durante toda su vida- portando el báculo florido como símbolo característico del carpintero; esto parte de que de todos los pretendientes de la Virgen, debía florecerle el bastón al elegido, ocurriéndole esto a José y por lo tanto resultando el indicado para desposarse con María. Esta leyenda fue tomada de los Evangelios apócrifos y posteriormente el báculo pasó a simbolizar su virginidad y se nos muestra como anciano, tal y como dictaba la tradición medieval, aunque posteriormente habrá controversia, al respecto. Una de las versiones iconográficas de san José es la itinerante, que se da en esta obra, apareciendo con el niño en brazos (o también puede ir de la mano). Esta fórmula se debe a una de las visiones de santa Teresa, que inmediatamente tomarán los artistas del barroco, como es el caso que nos ocupa. Es una obra de una gran monumentalidad, sobre todo por la anatomía del santo, que como característica de la pintura barroca aparece representado como un modelo de la calle, sin ningún rasgo de idealización y pintada la figura a tamaño natural. En cuanto al dibujo aparece un tanto duro, sobre todo en los ropajes, que pretenden aportar el movimiento dentro de la pintura. El niño Jesús está algo desproporcionado en su tamaño, algo que puede ser para darle a la figura del niño una mayor importancia dentro de la composición y aparece absorto en la contemplación de algo que ocurre fuera del cuadro. El colorido aparece un tanto contrastado, resultando poco realistas las carnaciones, que no están muy bien logradas. Además del colorido del supuesto paisaje celestial del fondo, que parece más una escenografía realizada para una obra de teatro que una representación icónica de un cielo con nubes. El suelo parece ser también un tablero liso de madera en lugar de un suelo de tierra con alguna vegetación, reforzando la sensación de escenario. Se trata de una pintura de calidad, que merece ser conservada como legado para la admiración de las generaciones venideras en nuestra ciudad Patrimonio de la Humanidad. Francisco J. Sánchez ConchaDoctor en Bellas ArtesPresidente de Alcázar Cultural
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