La pintura se encuentra dentro de la Iglesia Catedral de nuestra ciudad y en concreto, está situada en la nave principal de la misma. Está colgado en la pared al frente según se accede por la puerta principal sobre el reloj de pared que está situado entre la sacristía mayor y una de las puertas de acceso al claustro.
Se trata de una pintura al óleo sobre lienzo. El tejido dada su ubicación, nos ha resultado imposible analizar la naturaleza de la fibra, siendo el tejido en esterilla. Se conserva en un estado deteriorado. presenta pequeñas roturas y pérdidas de la capa pictórica. La superficie está ligeramente craquelada y tiene muy oxidados los barnices y oscurecidos los tonos. Teniendo en cuenta su calidad precisa urgente intervención.
El marco que tiene esta pintura es de madera dorada, que precisa igualmente restauración.
El cuadro es de dimensión mediana-grande, midiendo aproximadamente 190 cm de alto y 140 cm de ancho. La pintura está atribuida con total fundamento como veremos más adelante, a Alonso Cano, habiendo sido realizado por el genio granadino hacia 1652.
Este cuadro perteneció a la colección del seminario hasta el año 1978 en que fue trasladado a la colección de la Catedral.
Interesantísimo cuadro barroco, de composición muy cuidada por la aparición de unos angelotes y por el alto contraste de luces y sombras. Otro rasgo barroquista son los escorzos que presentan las figuras principales, todas ellas en posturas inestables. La pierna de san José se adelanta presentando gran protagonismo, que rompe la composición geométrica piramidal. Las piernas de los angelotes también se alinean a la del santo. Otro detalle escenográfico es el cortinaje recogido en la parte superior izquierda del cuadro, y con cuyos pliegues juega el angelote en la parte inferior (similar al que encontramos en la obra titulada La educación de la Virgen de Alonso Cano). Los rostros de san José y el Niño, aparecen poco iluminados, en un intento tenebrista, ya que la luz penetra en la escena desde arriba a la izquierda y predomina en la parte inferior, así como en el haz que rodea al Niño Jesús.
La figura de José como eje central de composición, también dinamiza el conjunto, aparece en un gesto paternal abrazando amorosamente al niño Jesús, junto a otro personaje protagonista, san Juan niño, que contempla la escena y trae dos símbolos de la pasión venidera, por un lado, porta un báculo pequeño rematado con la cruz, y por otro un cordero. A través del vano, aparece observando de lejos la escena (asomada en un balcón) la Virgen, que se la reconoce a pesar de la lejanía, por la corona de estrellas y el manto azul que porta. Por lo que cabría la posibilidad de “retitular” el cuadro como la Sagrada Familia. La iconografía es trentina. Alonso Cano, formado en su etapa sevillana en el taller de Francisco Pacheco, seguirá los dictados iconográficos contrarreformitas de su maestro. La historia del arte ha recogido la historiografía de la época como es el caso de la obra del carmelita Gracian de la Madre de Dios, que en Grandeza y excelencia del glorioso san José, cuenta los pasajes en los que san José mimaba y acunaba al Niño.
Esta pintura de san José fue probablemente realizada durante su etapa granadina hacia 1652. Basamos esta afirmación en su similitud con la pintura de la Sagrada Familia que realizó en dicha fecha para el Convento del Ángel Custodio. En ambas existe la mencionada composición con escorzos y diagonales, la ordenación de las figuras, aunque dando más importancia a la belleza estética. Alonso Cano utilizó con frecuencia grabados y estampas para la composición de sus cuadros.
Como resumen podemos decir que se trata de una obra muy completa porque pese a la aparición de muchos elementos, direcciones y ritmos resulta magistral, equilibrada, y de una sensibilidad exquisita, transmitiendo a la par emoción y la grandiosidad propia del barroco, con el deseo implícito de “llamar a devoción”. El ideal de Alonso Cano es la belleza como meta de su arte. Artista no muy dado a expresionismos dramáticos, hay una dulce nota de serenidad y hermosura en sus obras. Se retrae frente a tenebrismos barrocos. De él arranca la evolución de la pintura granadina hacia la creación de un estilo propio.
El dibujo resulta delicado y concreto tanto en los textiles, tan abundantes en la obra, como también en las figuras y denota un excelente y meditado desarrollo del cuadro. Sus figuras son de gran concentración y energía de modelado. Presenta Alonso Cano una visión escultórica de las formas.
Los colores a pesar de la suciedad y oxidación natural que presenta la obra, por su antigüedad, aparecen bien contrastados tanto en los azules de los ropajes de San José y del paño de pureza que tiene el angelote del primer término, como en las carnaciones que están bien conseguidas, con una pincelada en general muy ágil y correcta modelando con la misma los volúmenes, denotando todo ello la excelente autoría de este cuadro.
Se trata sin ninguna duda de una pintura excepcional, que conservamos en nuestra ciudad patrimonio de la humanidad y que debemos conservar convenientemente y con urgencia, como legado a las futuras generaciones venideras.
Francisco J. Sánchez Concha
Doctor en Bellas Artes
Presidente de Alcázar Cultural