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Miércoles de Ceniza
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Martes, 09 de Febrero de 2010 21:57
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Por Miguel Ángel López Hernández

Somos producto de nuestra historia y de nuestra tradición, no podemos renegar de ella pues  restaríamos autoridad a nuestro modo de ser y  de comportarnos en el día de hoy. No se le hace daño a nadie.”Es un dicho muy extendido el afirmar que en la Iglesia no se aprende nada malo”.

Pero ante todo, respeto para poder ser respetados, y por supuesto reconocer al otro  y que el otro reconozca las diferencias que a todos nos hace Hijos de Dios. Dicho esto, y entrando en materia, afirmaré que es curiosa la observación de la correspondencia existente entre unos determinados números con sucesos y hechos de nuestra fe, que desde luego tienen un porqué y consiguientemente una explicación. Algún  les día desarrollaré este tema, que les aseguro que es muy interesante, para nada está reñido con los dogmas de nuestro Credo. El número cuarenta es el número de días de la Cuaresma hasta el Domingo de Ramos. Tiene relación con los cuarenta días que estuvo Moisés en el Sinaí hasta recibir las Tablas de la Ley y Jesús en el desierto, abierto a continúas y duras tentaciones. Esos Cuarenta años que estuvo “el pueblo elegido por Dios” liberados del Cautiverio de Egipto y deambularon por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida. O Aquel simpático relato de Jonás cuando fue tragado por la ballena, y que después fue expulsado de su vientre a los cuarenta días. Citar una pequeña observación al respecto del Libro de los Números, donde se citan “las tres tentaciones” en las que sucumbieron los israelitas que desde luego, son las mismas que rechazó Jesús ante las pruebas de Satanás en el desierto.  También afirma la Biblia que el Diluvio universal duró cuarenta días, tal vez, a modo de días de prueba o días de preparación y de penitencia. Y no obviar los días que se le apareció Jesús a sus discípulos tras su Resurrección para insuflarles ánimos. Creo recordar que la Ascensión son cuarenta días después de la Pascua de Resurrección.

En numerosos balcones de Baeza se cuelgan las palmas con las que Jesús hace su entrada triunfante en Jerusalén. Pues bien,  con la ceniza de estas palmas, al creyente durante este día o bien se le hace la señal de la cruz en la frente o bien se le echa una pizca en el pelo recordándole la finitud de su existencia terrena. Es una buena cura de humildad para recordar que todos volveremos a lo que estamos hechos “polvo y ceniza” con la lección de una buena dosis de humildad y ecuanimidad en eso que afirmaban los latinos del “tempus fugit”.  

La vida tiene una cara y una cruz, un anverso y un reverso, y de esta manera tras el último Martes de Carnaval (título dicho sea de paso se titula una obra de Valle Inclán), y con aquello de la batalla  de don Carnal y de doña Cuaresma y a posteriori, tras el Entierro de la sardina, llega el tiempo de la Cuaresma.  Dentro de unos días tendremos la ocasión y oportunidad de recibir la ceniza. Este tiempo litúrgico viene a ser el preludio de la primavera. La ceniza siempre ha sido una figura sugerente del renacimiento. Recordemos al Ave Fénix que resurgía de sus cenizas cada 500 años. Decían los antiguos dentro de la mentalidad mítica y primitiva que bajo la tristeza y la pesadez, actuaba la acción del planeta Saturno. De hecho los planetas conocidos por aquel entonces los tenemos en el intradós de uno de los arcos del interior de la Capilla Dorada de nuestra catedral, con otras simbologías comentadas por don Joaquín Montes Bardo. Es muy sugerente que la ceniza sea el símbolo de la consumación, pero asimismo, con las cenizas y con abono animal y vegetal, en las culturas primitivas,  las plantas brotaban junto a la acción más efectiva de la luz del sol de la primavera.  

Este tiempo va marcando y abriendo camino de forma diáfana para un acontecimiento crucial  dentro de la idiosincrasia del baezano: su Semana Santa. Punto de origen y punto de fuga  de sendos actos  en el decurso del año. Para finalizar y con función de apostilla y de adenda,  citar aquello que los ministros para estos menesteres tomando la ceniza nos dicen: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver” Génesis 3, 19.


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