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Por Miguel Ángel López Hernández
Rutas, que tengamos recuerdos gratos, sobre todo que marcaron época, han sido innúmeras. ¿Quién no recuerda aquella “Ruta del bacalao” con esa música que rompía moldes convencionales y creaba precedentes? Pues bien, para rebajar un poco la tensión de todo lo que nos rodea y ha tocado vivir, siendo consciente de lo banal y baladí de lo que se va a tratar, en contraposición otras temáticas que rigen en importancia y trascendencia, en sucesivas líneas , trataré de hablarles de la sociología y temática de las “Rutas del colesterol”.
Son muchos los comentarios que suscitan este singular asunto. Ese Paseo de las Murallas, el Camino de la Redonda y de las Ánimas, ese Paseo de las Montalvas, y las Avenidas de Sevilla y de Andalucía, son lugares de peregrinación con la única rogativa y propósito de embeber unos pocos kilos de las viandas y vituallas tan sabrosas por nuestro lar. Con el ritual de desempolvar las zapatillas “en el purgatorio de la inacción” y con la contemplación del chándal, con indicios de olor a bolas de alcanfor, tras algún que otro lavado, “en la capilla de los condenados del armario” o “en depósito” de museo, vuelve esta prenda con las primeras manifestaciones de calor. A distintas horas del día, desde el albor, haciendo una pausa en el sacrosanto ritual de la siesta, pasando al declinar de la tarde y del crepúsculo en adelante, son legión las personas que practican y se suman a este creciente ejército de paisanos. Con el paso acelerado como si de alguna marcha militar se tratase, “estos desfiles” no siempre producen los resultados deseados, porque lo que no se ha hecho en el año de forma continuada, ahora en tamaño espacio de tiempo, no se pueden esperar milagros.
Caminatas y multitud de señoras, señores, y caballeretes, cuya sofocación es descompensada con los diferentes ritmos del grupo. Restricción en las distintas comidas, dietas de “austeridad franciscana”, no son suficientes para hacer bajar la aguja del peso del cuarto de baño en su tiránico pedestal. Del mismo modo, que triunfa la resignación, con un anuncio publicitario del cuerpo ideal, resucitan de nuevo las ganas, envueltas en el papel de regalo de una envidia tal vez no tan sana. Mens sana in corpore sano, cita de Juvenal, maldita para los rezagados y benemérita para los amantes del deporte, que no de su obsesión.
El sedentarismo, la buena vida, la suculenta comida, la exquisita bebida y el desplazarnos a todos los lugares con el coche, tiene como contrapartida “todas estas pequeñas maldiciones”, que como todo en la vida tienen solución y “sufrimiento”. Otra cosa bien distinta es la voluntad de ejecutarla. Son nuestras féminas, sobre todo a partir de ciertas edades auténticas locomotoras que tiran de la inercia de todos los vagones que se presten al reposo del limbo del sofá y del mal llamado altar de la televisión. Desde el quórum hasta los achaques, pasando por un cierto sentido de la inconstancia y de la infidelidad, prima en este tipo de actividades tan entrañables y de las que todos hemos sido testigos alguna que otra vez con estas comitivas ambulantes, por los lugares señalados de Baeza. Esta sociología de la Ruta del colesterol con el problema cogido de la mano en sendos casos de la solución, está presente en todas las partes de España, y no hace falta decir nada más de Baeza, a este respecto porque no es excepción, sino más bien otro peculiar ejemplo e ilustrativa casuística.
Concluyo afirmando este constante bullir de gentes que son perfectamente identificables por nuestras calles y paseos, como heraldos del verano y mensajeros del buen tiempo, por el esmero que “le ponen a la cosa”, deberían lucir un buen tipito por su esfuerzo o denuedo. Este remedio casero muy aconsejado por los facultativos es mejor y aconsejable ante todo “los productos milagrosos”, que lo único que hacer es rascar el bolsillo y crear insatisfacción por unos resultados ilusorios. Gracias amigos lectores.
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