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Por Miguel Ángel López Hernández
¿Qué le quedan a las personas si les arrebatamos sus creencias?, ¿se puede cercenar la esperanza? ¿Y amputar el sentido a nuestras vidas?, ¿es siempre lo moral, algo lícito?, ¿la ética ha de ser independiente o por el contrario, ha de estar en consonancia y justificación con determinados modos y modelos de vida? Muchas preguntas y todas ellas con resoluciones complejas y pocos satisfactorias para las gentes.
Son verdaderos propulsores las creencias para valernos, condicionando así, nuestro modo de vida y nuestra forma de tratar al resto del común de los mortales, entre otros aspectos. ¿Cuándo una creencia deja de nacer en los hontanares o manantiales del perpetuo fluir del tiempo y termina como agua estancada en supersticiones y fanatismos de secta? Decía Marx que “la economía era el motor de la historia”, pero yo añado que los ideales vienen a ser el combustible de esa maquinaria en cada momento. Afirman los teóricos que se luchan por los ideales, entre otras cosas porque se cree, aunque partan de errores de base. También se lucha porque son éstos el modo de ganarse la vida, junto a su vocación. Se puede tener o no “el pensamiento Alicia” sobre tal o cual aspecto, pero la extremada creencia llevarán a defenderlos hasta límites insospechados. Existen ideales, porque hay idealistas, luego ya se encargarán los ideólogos de darle cuerpo y destrozar sus encantos iniciales. Casi todo pasa por la fase de ilusión- transformación-desencanto.
Las creencias en sus orígenes como si de una necesidad acuciante se tratase, tratan de barrenar los sistemas de valores vigentes para superarlos, porque existen desajustes de sendas índoles. Toda creencia en sus comienzos, tiene el velo translúcido del utopismo. Pero cuando logra cristalizarse y surgen los teóricos y los consolidantes en su nombre, que por cierto, siempre juegan a caballo ganador, se percibe un amargor de cierta decepción, con eso de institucionalización. Sabemos que para que algo triunfe con su ciclo, en general, este paso es imprescindible, pero los desengaños aparecer por doquier. La vetusta tinta de las experiencias así lo atestigua con multitud y una ingente casuística. Por ello siempre hay regeneracionistas, interpretadores, salvadores y cuando no, un injustificado caudillismo que intenta retornar a unos orígenes que están ya más en la imaginación que en la razón. Las sibilas, los augures y los oráculos salen a flor de piel, lo mismo que los salva-patrias. Esta fauna de embaucadores es inherente a todas las épocas y edades. Toda ideología implica un esfuerzo mental, un intento de transformar las cosas, una energía que casi siempre, del fondo perdido se saca algún tipo de rentabilidad social. De esta lucha entre idearios e ideologías, nosotros somos herederos, creadores e imitadores. Cuando hay luchas y contubernios entre las ideas, nunca habrá estancamientos. Avanzar implica movimiento, pero el movimiento puede ser hacia delante, atrás o en cualquier otra dirección. Las ideas tienen que, para dar “el gran salto hacia delante” como decía Mao, como si se tratase del lanzamiento de una catapulta, cimentarse en unos puntos de apoyo, que viene a ser pasado y una tendencia a proyectarse, que es el futuro. Pero, ¿Es lo mejor lo que nos interesa? O quizá ¿lo que a otros les viene mejor? Las ideologías cuando tienden a la comparación por fuerza unas son más completas y perfectas que otras. Unas terminan desapareciendo y otras vislumbrándose en el horizonte de los tiempos. ¿Cuál es la más ventajosa? Aquella que de forma sincera abarque, contente y recoja todas las necesidades de la sociedad. ¿Y cómo se sabe de sus intenciones? Al igual que dice la Biblia, “por sus frutos les conoceréis”. En nombre de las ideas se han realizado muchas tropelías y canalladas. Toda institución humana está sujeta a fallos y a corrupciones. El perdón sincero dignifica, porque la actitud sincera de cambiar, implica un cambio a mejorar. Y todo lo que se mejora y perfecciona, se sanea, no se hipertrofia en su inactividad. Y es ésta una forma de esclavitud. Cada cual que opte por la que esté más acorde con su forma de ver la vida. Siempre elegir y escoger, nunca influenciarse con las opiniones prestadas, tener iniciativa propia y no ser la marioneta ni el juguete roto de nadie. Porque tan noble es acertar, como también, por uno mismo reconocer el error y subsanarlo para buen fin.
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