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Pasos, huellas y pisadas
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Jueves, 09 de Junio de 2011 17:12
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BaezaForos.-

Por Miguel Ángel López Hernández

He visto a paisanos y a visitantes contemplar impertérritos durante un buen rato los monumentos circundantes que le hacen a  Baeza la gala y el honor en excepcionalidad y  en majestuosidad, mientras otros no saben o no quieren saber valorar lo que se tiene. “Lugares como Baeza, hay pocos, son tribuna de privilegio”, me asegura un señor que acaba de perderse en la ciudad para volver a encontrarse en alguna de las plazas marcadas por el carácter que imprime  la piedra en pleno estadio idílico de solemnidad.

Es la conversación con el silencio, un fiel acompañante  como así lo tuviera  Dante  en su viaje tenebroso y glorioso en la Divina Comedia, con el fiel e inestimado guía Virgilio. Las piedras emiten notas musicales cuya vibración es aprehendida por almas sensibles predispuestas a una comunión de inspiraciones que brindan en modo ondulante la belleza en su estado candente cuando no apasionante, producto como no presente en semillas del esfuerzo, en quilates del ingenio y en los tal vez ignotos tesoros de la trascendencia. Toda este encarrilar de palabras es eficaz ensalmo, oración y credo.

Observo como otros miran, leo el movimiento de ojos, que no del alma, de los que son atrapados por el olímpico e incuestionable ideal de la Belleza, tan cuestionado por los relativistas, atados a las contingencias de la vida práctica y rehenes de voluntades pragmáticas, ahogados en el nudo gordiano de una celeridad artificial y perjudicial.

Aquí Cronos establece  un ritmo que es aupado  por la diadema de nuestros campos y tal vez por la idiosincrasia de un hombre impregnado de un ideal religioso, con ecos y reverberaciones de tiempos remotos y cercanos, fruto de la emanación de la Historia, del orgullo de la raza y de la reflexión directa y diferida de sus insignes piedras, que no ha sido alcanzado hacia el avanzar de sus tuétanos por un cosmopolitismo algo alienado.

Imagino a los grandes arquitectos del siglo XVI dando órdenes en plena efervescencia de construcción, a esos universitarios  con sotana, a ese pueblo vitalista con la mirada puesta en los “Jinetes del Apocalipsis”  con el hambre, la muerte, la guerra y la enfermedad como puntos cardinales que atraían a  esos pozos de la desesperanza. A esa Baeza religiosa con frailes, predicadores y diocesanos de todo pelaje y condición. A Ese señorío que se batía entre una resistencia al cambio de las realidades inmediatas y un ideal ilusorio que no alcanzaba la altura de los yelmos y las cimeras tras los despojos del tiempo. A un pueblo resignado, conformista y preparado tanto para lo que pudiera pasar en esta vida como para la angustia, los consuelos y los dispensadores y las dispensas de la otra, en medio de lágrimas e incomprensión. Baeza con dos realidades.

Pienso en ese hombre que anda porque antes tuvo que gatear. Pienso en el proceso de la persona, para que pueda ser llamado como tal. Medito sobre un futuro que tal vez no sea suficiente para andares de zancada. Reflexiono sobre la confianza entre las personas y el grado de optimismo necesario para embarcarse en proyectos comunes. Veo a las sombras, como lastres al dedicarle excesivo tiempo en su observación. Los verdaderos guías, no desean fortalecer un concepto muy necesario para nosotros: Voluntad. La visión de túnel se impone a la panorámica. Se han puesto de moda una peligrosa altura de tacones que hacen perder el contacto con el suelo y el equilibrio en el andar. Las miradas se vuelven duras y afiladas, mientras que la fraternidad se encuba en bolsitas de alcanfor. Muchas personas han olvidado por qué portan una cruz y una cadena, mientras que otros tratan de superar ideas que son verdaderas directivas de convivencia y alma. A veces se camina, mirando al suelo, corriendo el riesgo de tropezar y tal vez para encontrarse con algo que debe de verse con la vista alzada, y mejor aún, izada al frente.

Mientras se hace este genial ejercicio milenario del andar, se debe pensar en el otro que tal vez y a la vuelta de la esquina nos lo podamos encontrar. Encontrarse, idílico verbo.



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